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POLÍTICA
Mirada desde la periferia

Nacionalismo esencialista versus nacionalismo periférico (2)

Javier Méndez-Vigo Hernández

1 de gener de 2024, a les 8:00:00

El XIII Congreso del PSOE, celebrado en Suresnes en 1974, señalaba, en primer lugar, “la definitiva solución del problema de las nacionalidades que integran el Estado español, parte indefectiblemente del pleno reconocimiento del derecho de autodeterminación” Dicho Congreso se realiza en pleno auge de la Revolución de los Claveles. Un año más tarde las JJSS realizan su VI Congreso en Lisboa. Juventudes que se radicalizan (no olvidar su implicación posterior junto a la UGT en la Huelga General de Vitoria). Congreso donde llegan a defender una futura sociedad socialista con planificación democrática basada en la Autogestión de la sociedad. Pero lo que realmente interesa ahora es como era su concepción del Estado.


En dicho Congreso (no olvidemos que se celebra en Lisboa en 1975) las Juventudes llegarán a apoyar las luchas nacionales del Estado, defendiendo a la vez la autodeterminación de los pueblos ibéricos, “pudiendo mantener las relaciones que quieran con el resto de los pueblos. No obstante, creemos que existe a nivel superestructural de la unión de todas las nacionalidades con el fin de contrarrestar mejor los posibles intentos de las fuerzas reaccionarias” En dicha declaración hay cierto recuerdo de aquellas tesis que defendieron durante la 2 República, dirigentes como Maurin y Nin. Al mismo tiempo valga este recorrido para poder entender lo que ocurrió en aquellos años que, históricamente, denominamos Transición y los sacrificios/ reconversiones que supuso para la izquierda parlamentaria (PSOE/ PCE).


Por su parte, el PCE, que supeditaba toda su estrategia a la Reconciliación Nacional y a un Pacto por las Libertades, caminaba hacia un plurinacionalismo donde defender la existencia de varias nacionalidades, debido al desarrollo desigual del Estado español, pues como dice Eduardo Sánchez Iglesias “fueron las necesidades derivadas de la praxis política las que obligaron a los comunistas a una mutación en su discurso que evolucionó hacia una propuesta plurinacional, la cual respondía a una dinámica política en muchos casos contradictoria”.


Partamos del contexto de que el comunismo proveniente de la III Internacional había dado un giro de 180º, separándose de la “madre Rusia” y que en los años 70 (junto al PCF y al PCI) propugnaba el eurocomunismo. En dicha estrategia es importante la relectura de Gramsci y el sentido que le dan los intelectuales del Partido a la noción de “bloque histórico”, que en el Estado español concretaron en la “alianza de las fuerzas del trabajo y la cultura”. Lo que lleva al mismo tiempo concretar el concepto gramsciano del intelectual orgánico. Siguiendo un modelo que ya existía en el Estado español: el PSUC y la base popular del Catalanismo.


La práctica [nacional] del PSUC va a permitir al PCE concretar su estrategia plurinacional, siempre supeditada a la clase obrera. Es sintomático en la constitución de la cuestión Gallega o en la cuestión Andaluza, basada en la cuestión agraria y por ende en la necesidad de la Reforma Agraria (todavía pendiente). A la vez, Santiago Álvarez, dirigente del PCG, defendía un “colonialismo oculto” pues consideraba que el pueblo gallego era un pueblo oprimido.


¿Cómo fue posible que dos fuerzas políticas, defensoras del derecho a la Autodeterminación, terminaran por inclinarse hacia el "Estado de las autonomías" renunciando a aquel derecho? Un Estado de las autonomías que alguien llegó a definir como “café para todos”.


En el debate parlamentario sobre la Carta Magna tan solo hubo un “frente débil” plurinacional que acabaría por introducir el término de nacionalidades y un ambiguo derecho a la autonomía de las mismas, así como de aquellas regiones que lo pidieran. La cuestión es saber que, como y quienes se beneficiaron del Título VIII de la Carta Magna. Título que supondría una losa ante cualquier reivindicación nacional.


Las distintas “realidades nacionales” volvieron a aparecer, lo que demuestra que el problema nacional no fue resuelto (gracias al fracaso en la 2 República). Por tanto, había que intentar encajar dicha realidad nacional en el Estado que supondría la construcción de una “nueva España”. Y esto se producía a la salida de una hipernacionalización de corte fascista durante la larga noche franquista.  Por tanto, en la Transición se enfrentaron dos concepciones de España. Una que provenía de aquella noche franquista y que iba a estar representada sobre todo por los herederos que se encontraron en AP (cuyo líder, Manuel Fraga, provenía de la élite franquista) y, por otra, parte la derecha posfranquista reformista representada por la UCD (al frente de la cual se encontraba Adolfo Suárez).


La legitimidad democrática, salida de las elecciones del 15 de junio de 1977, se abrió a las demandas de autodeterminación y autogobierno de Cataluña, Euskadi y Galicia; únicas nacionales que ya reivindicaros sus estatutos en la 2 República (y que eran consideradas por todos como nacionalidades históricas). Reconocimiento que tuvo un proceso para quedar constituido en la Carta Magna, y al mismo tiempo limitado por el Título VIII de la Constitución. Hay que tener en cuenta que en 1976 la mayoría de los partidos políticos, particularmente los del arco nacionalista y la izquierda representada por el PSOE y el PCE, definían a España como “una realidad configurada por una pluralidad de nacionalidades y regiones que hay que integrar en el Estado español”.


Todo cambia, y el relato histórico echa la culpa a los “poderes fácticos”. La realidad es que la Transición no supuso ningún tipo de ruptura democrática (tal como se planteaba en la Junta Democrática), ni tampoco supuso un consenso. Más bien, la Transición se convirtió en un pacto entre el Régimen franquista y los distintos partidos democráticos (nacionalistas y de izquierda). Y es en ese Pacto donde aparece de nuevo el tema de la “unidad de España”. De nuevo el problema nacional va a quedar supeditado a la “unidad de España” que queda clara y concisa en su Artículo 2: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las Nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”. Con esto la izquierda se despedía del derecho a la autodeterminación y se inclinaba por el derecho a la autonomía. Pero todavía quedaba una batalla que se iba a inclinar también por las tesis defendidas por el nacionalismo español, dando una vuelta de rosca más para hegemonizar la Carta Magna. Es lo que sucedió con la redacción del Título VIII de nuestra Constitución.

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