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REFLEXIÓ

Arcoíris de esperanza

Silvia Roig Linares

30 de juny de 2023, a les 22:00:00

—Abuela, abuela —insistió Aina.

— Perdona, cariño, ¿por dónde iba?

—Estabas llevando la ambulancia hasta el accidente cuando has vuelto —contestó mientras señalaba un viejo Playmobil que todavía hacía sonar sus sirenas.

—¿Volver? ¿De dónde? Si no me he movido de aquí.

—Papá siempre dice que el sonido de las sirenas te hace volver allí.

Y Lola cogió un pequeño muñeco entre sus manos, se levantó del suelo y se dirigió al banco junto al viejo olivo.

—Ven, Aina, que voy a contarte una historia.

Le explicó que años atrás vivía en la ciudad, al lado de un hospital, y que el sonido de las sirenas le angustió durante largas semanas.

Y Lola empezó a contarle de los días grises. Le habló sobre el Covid, sobre el miedo a lo desconocido, del dolor por tanta muerte, de la rabia que sintió por no poder hacer nada para evitarlo, de la tristeza que le causaba la soledad y de la angustia de no saber si volvería a ver sus seres queridos.

Pero también le habló de días de colores. Le habló de la esperanza que sentía al pensar que todo pasaría, de la solidaridad que nació entre las personas, del amor que mantuvo a amigos y familias unidas frente a la distancia, y de la alegría por los reencuentros tras semanas y meses de espera.

Y le habló de héroes y de heroínas, de los de verdad. De los que no llevan capa, pero salvan vidas. De los que sonreían incluso detrás de una mascarilla. De los que dieron su esfuerzo mientras aun había esperanza, y que ofrecieron sus manos cuando ya era lo único que podían hacer.

— Tu papá decidió que quería ser médico durante esas semanas —susurró con la voz rasgada por los recuerdos, mientras enseñaba a Aina el Playmobil vestido de enfermero que llevaba en sus manos. —Dijo que quería ayudar a los demás, y desde entonces nunca ha dejado de hacerlo.

Y Aina empezó a preguntarle, su curiosidad era enorme y quería saber todo de aquellos días. Ella preguntaba y la abuela contestaba con dulzura. Tan entusiasmadas estaban que ni siquiera notaron que había empezado a llover hasta que la lluvia se hizo más intensa.

— Vamos dentro, Aina, que empieza a llover con fuerza.

Y cogidas de la mano fueron hasta la puerta de la casa, una vez allí Lola se paró y, movida por un impulso se giró. Respiró hondo, sonrió y una lágrima resbaló por su mejilla.

Y se quedó allí, quieta, viendo como se dibujaba en el cielo un perfecto Arc de Sant Martí.

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